La violencia machista

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Para erradicar la violencia de género en jóvenes, lo primero es “centrarse en los agentes socializadores”, es decir, en la familia, los centros educativos y los medios de comunicación. Así lo explica Eva López, responsable del proyecto Igualmente, desarrollado por la Federación de Mujeres Progresistas. “En los colegios e institutos hemos detectado que, al igual que ocurre en la sociedad, los adolescentes tienen un discurso políticamente correcto e igualitario, pero sus actos no lo son”. En los pasillos, dice, es frecuente observar escenas de posesión entre parejas de menores de 15 años.

Para romper con estos comportamientos, este proyecto ha creado con la participación activa de chicos y chicas un blog ( Lo digo yo), un documental ( Lo miro yo) y ahora un cómic ( ¿Y tú qué pintas?). “Estas actividades no pretenden ser dogmáticas, sino educar la mirada y permitir a los adolescentes que transmitan en su propio código y lenguaje qué es lo que les preocupa”, apunta López.

El mito del amor romántico
El mito del amor romántico sigue muy interiorizado en las chicas más jovenes y cuestiones que se creían superadas vuelven a aparecer. El sentimiento de “sin ti no soy nada” subyace en casi todos los casos. Es la propia cultura que consumen, como apunta Julia Yagüe, “la que les manda constantemente ese tipo de mensajes, y no que una relación de amor y afecto siempre se construye sobre la libertad, el respeto y el apoyo mutuo”.

Las cifras del INE revelan que en la franja de edad de 25 a 29 años se da la máxima tasa, es decir, el pico más alto de víctimas por cada 100.000 mujeres: 307,8. Muy de cerca en cifras le sigue el tramo anterior de edad (20-24) con una tasa que está por encima de los 292 casos por cada 100.000 mujeres. A partir de los 55 años, sin embargo, las denuncias caen en picado. El número se reduce a la mitad con respecto a la franja anterior: de 1.325 víctimas de entre 50 y 54 años a 604 entre 55 y 59.

La misma tendencia se refleja en las cifras de denuncias, que descendieron en casi un 10% con respecto a 2011. Inmaculada Montalbán, presidenta del Observatorio contra la Violencia de Género, señala que esta caída puede deberse al impacto de la crisis, tanto en la víctima como en su familia; una situación de insuficiencia económica que no ayuda a que las mujeres salgan de la espiral del silencio. “Muchas temen por su futuro y deciden aguantar ante la incertidumbre que les espera”.

Otras mujeres, cuya integridad física está en riesgo, entran en un centro de alojamiento en el que pueden permanecer por un máximo de tres meses. “Dejar tu casa, cambiar de barrio o incluso de ciudad supone un desarraigo tremendo. Si el agresor tiene localizado su lugar de trabajo se les obliga a dejar el empleo como requisito para acceder a estos centros de protección. En la situación actual, muchas renuncian a hacerlo”, dice Julia Yagüe.

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